Introducción
Llego justo a tiempo. Aparco en algún lugar de la costa atlántica, y veo un par de casetas de madera, efectivamente, ahí era. Me acerco a paso rápido, tratando de identificar a los profesores que aquel fin de semana ofrecían una mirada filosófica y antropológica sobre el surf[1].
En la primera caseta, un grupo de personas luchan con extraños atuendos, tan apretados que cuesta de enfundar en solitario. En la segunda, reconozco a mis dos profesores. Ignacio, acompañado de Jorge, me ve de lejos y me hace señas. Soy el último en pasar a identificarme, y firmar la exención de responsabilidad. Esa que nunca sabes hasta qué punto es preocupante.
Recibo mi propia funda de neopreno, y me acerco al resto de compañeros y compañeras. En un ambiente distendido pero emocionado, compartimos expectativas e inseguridades.
El sol ha salido tras varios días de lluvia, sopla un viento que no llega a ensordecer, pero se siente. En medio de la conversación, no puedo evitar mirar hacia el mar. Nuestro objetivo. Una pasarela de madera inserta en la propia arena bordea la línea de playa. Dunas y escasa vegetación acompañan este recorrido. Un fuerte olor a sal me transporta al lugar donde me crie, donde pasaba horas y horas con mi hermano. Ojalá hubiese esas olas en el mediterráneo, pienso. Lo que habríamos disfrutado. Partículas de arena y agua marina se estrellan contra nuestros cuerpos, dándonos información del entorno, anticipando, y de alguna manera, advirtiéndonos, de la experiencia que vamos a vivir cuando nos sumerjamos. Ya hay surfistas cogiendo olas. Tablas de surf, velas de windsurf y kitesurf se ven por toda la línea del mar, y más allá, el océano. La inconmensurabilidad del océano. La inconmensurabilidad de la naturaleza. De alguna manera, no podemos evitarlo. Siempre volvemos a ella.
[1] Quisiera agradecer a la organización del curso de Antropología, filosofía y surf: una aproximación humanista a las olas, ofrecido desde la UNED, en el centro asociado de Pontevedra, dirigido por Ignacio Iturralde, profesor del departamento de Antropología Social y Cultural en la UNED, coordinado por Rafael Cotelo, coordinador de Extensión Universitaria y Actividades Culturales de la UNED en Pontevedra.
El surf como objeto etnográfico
“Vive para surfear, surfea para vivir”
Mike Doyle
La práctica del surf constituye un terreno fértil para la etnografía, no solo por su dimensión técnica o recreativa, sino por la densidad de significados sociales, culturales y simbólicos que condensa. Lejos de poder reducirse a un deporte, el surf puede entenderse como una práctica encarnada en la que cuerpo, entorno y cultura se articulan de manera inseparable (Ford & Brown, 2006; Evers, 2009).
Desde esta perspectiva, el aprendizaje del surf no se limita a la adquisición de habilidades técnicas, sino que implica el desarrollo de un conocimiento situado y corporal: leer el mar, anticipar el comportamiento de las olas o posicionarse en el agua son formas de saber que emergen de la experiencia directa y de la interacción continuada con el entorno. Este carácter encarnado sitúa la práctica en un plano donde la distinción entre sujeto y naturaleza se vuelve difusa, abriendo un espacio privilegiado para el análisis antropológico.
Al mismo tiempo, el surf se configura como un campo social atravesado por normas implícitas, jerarquías y formas de reconocimiento que estructuran la interacción entre quienes lo practican. Elementos como el estilo, la trayectoria o la pertenencia a determinados espacios contribuyen a la construcción de identidades específicas, generando un universo simbólico propio que trasciende la mera ejecución técnica.
Sin embargo, este entramado no puede comprenderse al margen de los procesos históricos que han acompañado la expansión global del surf. Tal y como muestra Laderman (2014), su difusión ha estado marcada por dinámicas de apropiación, resignificación y mercantilización que han reconfigurado profundamente sus significados. En este sentido, el surf se sitúa en la intersección entre distintas lógicas culturales, funcionando como un espacio donde se negocian y transforman formas de entender la relación entre cuerpo, naturaleza y sociedad.
A la luz de estas tensiones, el surf puede ser abordado como una práctica liminal en el sentido propuesto por Victor Turner (1969), como ámbito en el que se suspenden parcialmente ciertas estructuras sociales al tiempo que se generan otras nuevas, dando lugar a formas híbridas de experiencia e identidad. Así, más que una actividad homogénea, el surf aparece como un campo dinámico en el que coexisten, no sin fricción, distintas racionalidades y modos de habitar el mundo.
Breve historia y contexto
“No pude evitar concluir que este hombre tenía el más supremo placer mientras el mar lo conducía tan rápido y sin problemas”
Capitán James Cook
El surf está inserto en la cosmogonía de diferentes pueblos colonizados, especialmente situados en las Islas Polinesias (Laderman, 2014), donde desde la construcción de tablas (maderas macizas), hasta la práctica en sí de lo que conocemos como surf, estaba mediado por la relación con los dioses y la dimensión religiosa, así como con el orden social.

La colonización de las islas (s. XVIII y XIX), especialmente Hawaii, vino acompañada del menosprecio y distanciamiento de estas prácticas de los nuevos ordenamientos. La presencia de misioneros calvinistas coincidió con la dura represión que sufrió el surf, así como otras prácticas, a partir de 1820, considerándolas contrarias a la ética cristiana de trabajo y modestia.
Tras este período de prohibición, el surf volvió a emerger con la figura de Duke Kahanamoku. Considerado el padre del surf moderno, creció en el archipiélago hawaiano haciendo surf, mientras EE. UU. se anexionaba el territorio a finales del siglo XIX. Con una complexión y motivación idóneas, sobresalía en la natación y el surf. De hecho, fue su habilidad nadando lo que le llevó a pulverizar el récord mundial de las 100 yardas (91 metros) en 4 segundos y medio menos. Sin embargo, la Amateur Athletic Union (AAU), menospreció este evento, alegando que habría corrientes a favor, o quizás los relojes no eran adecuados. No cabe duda de que los éxitos de Kahanamoku desafiaban los cimientos de la lógica racista del momento.
Llegó un punto en que el éxito de la técnica de Kahanamoku fue incontestable. Fue entonces cuando comenzó a participar en los Juegos Olímpicos, lo que le llevó a ganar tres medallas de oro, y dos de plata, entre 1912 y 1924. Fue gracias a este prestigio, que hacía exhibiciones por otras partes del mundo, donde aprovechaba para hacer y difundir el surf.
Como menciona Daniel Esparza (2014) “Si la natación le dio la gloria y el reconocimiento mundial, el surf lo elevó a la categoría de mito”.
Con su expansión, el surf creció exponencialmente, desarrollándose en múltiples sitios, como Australia, donde ahora es deporte nacional, y California, sede representativa de otra forma de vivir el surf.
De igual manera que la figura de Kahanamoku fue utilizada por EE.UU cuando le era rentable, el surf también sufrió una resignificación cultural fruto del contacto, desligando la práctica de su estructura simbólica, para recrearla como actividad deportiva. A partir de entonces, comenzaron a instaurarse competiciones deportivas y marcas comerciales a su alrededor, construyendo un nicho de mercado propio. Tanto las proezas de Kahanamoku, como los beneficios del surf, fueron asimilados a la vez que se apartaban del centro, tanto el simbolismo de la práctica, como al mismo Kahanamoku.
Sin embargo, su contacto con la naturaleza sigue teniendo algo de místico, y la construcción de la identidad en torno a esta práctica podría observarse desde la lente de la liminalidad de Victor Turner (1969). Pese a la asimilación norteamericana de estas prácticas, la identidad de los surfistas se construía en una lógica de rebeldía y rechazo hacía el sistema productivo occidental, sobre todo en las décadas de 1950 y 1960 (Laderman, 2014). Esta diversidad encarna la liminalidad, habitando en una sociedad compleja sin compartir sus premisas básicas, aunque integrados en ella mediante los consumos del nicho comercial creado y la firma de contratos de patrocinio. Vivir en el capitalismo, pero rechazándolo. Ganar dinero en su sistema, para poder vivir en el propio, o cómo resumió Micky Dora “Gracias a dios por unas pocas olas gratis”.
Naturaleza, cultura y conflicto en el surf
“Cuando ves una ola, igual lleva viajando miles y miles de kilómetros acumulando una energía única. Tienes que saber cómo aprovechar y dominar esa energía. Esa es la magia del surf”
Kelly Slater
“La competencia es una oportunidad para demostrar tu talento, pero la verdadera victoria es disfrutar del viaje”
Duke Kahanamoku
La expansión global del surf no implicó únicamente su difusión geográfica, sino también su transformación simbólica. Al insertarse en contextos sociales y culturales distintos a aquellos en los que se originó, la práctica comenzó a articularse desde marcos de sentido divergentes, dando lugar a formas heterogéneas de entender qué significa surfear.
En su dimensión originaria, el surf se inscribía en una relación integrada con el entorno: no se trataba de dominar la ola, sino de habitarla. La práctica no perseguía un rendimiento externo, sino que encontraba su sentido en la propia experiencia. Sin embargo, su incorporación al contexto occidental moderno supuso un desplazamiento significativo. Bajo una lógica atravesada por la productividad, la competencia y la racionalización del entorno, la ola dejó de ser un espacio de relación para convertirse en un objeto de conquista.
Este desplazamiento no debe entenderse como una sustitución total, sino como la coexistencia tensa de dos formas de concebir la práctica. Por un lado, persiste una orientación hacia la conexión, la experiencia encarnada y la adaptación al medio. Por otro, emerge una lógica centrada en el rendimiento, la técnica y la apropiación simbólica de la naturaleza. No se trata simplemente de estilos distintos de surfear, sino de formas distintas de situarse en el mundo.
Esta tensión se expresa de manera concreta en los cuerpos, en las decisiones técnicas y en las interacciones dentro del agua. La elección de una ola, la forma de recorrerla o la relación con otros surfistas no son gestos neutros, sino prácticas cargadas de significado. En este sentido, el surf puede entenderse como un espacio donde se materializan, a escala cotidiana, tensiones más amplias entre distintas lógicas culturales.
En medio de este entramado, emergen también formas específicas de organización social. El denominado localismo —la prioridad que ciertos surfistas reclaman sobre las olas de su entorno habitual— constituye un ejemplo especialmente significativo. Lejos de ser una simple norma informal, opera como un mecanismo de territorialidad simbólica que regula el acceso a un espacio que, en términos materiales, no admite propiedad. En este punto, el surf revela con claridad cómo incluso en contextos aparentemente abiertos y naturales se configuran jerarquías, fronteras y relaciones de poder. Quizás también como resistencia ante el turismo que tradicionalmente ha envuelto al surf, cuya intensidad se ha multiplicado en las últimas décadas.
Otras filosofías
“El surf me clama, siempre ha sido una especie de experiencia Zen para mí. El océano es tan magnífico, pacífico e impresionante. El resto del mundo desaparece cuando estoy en una ola”
Paul Walker

Durante el curso, Ignacio vinculó el surf con diversas filosofías, incluyendo el taoísmo. Desde mi experiencia práctica, percibí también una conexión con el Zen. No se trata solo de contacto con la naturaleza, sino de armonía consciente, de estar plenamente presente en cada acción
El surf requiere concentración: otear la línea de las olas, esperar a la mejor con paciencia, decidir en cuál “lanzarte”, desarrollar los movimientos integrados para levantarse sobre la tabla, y caer (mucho) o mantener el equilibrio y adaptarse constantemente a un entorno cambiante. Cada inhalación de agua salada, cada golpe del viento o del oleaje, la comunicación con las y los compañeras, contribuye a una experiencia encarnada, intensa y llena de significado.
Desde la perspectiva del Zen, el surf se podría desarrollarse como una práctica de atención plena, donde cuerpo, mente y entorno se integran. La intención consciente de cada movimiento puede generar un estado de presencia auténtica y conexión con la naturaleza, desde esta lógica, la experiencia se transformaría en algo profundamente revelador y gratificante.
Reflexión final
“El surf es una danza con las olas. Debes escuchar su ritmo y dejarte llevar por la energía del agua”
Duke Kahanamoku
Al regresar a la orilla, la experiencia del surf parece desplegarse en una frontera. No solo en el sentido más evidente —entre el agua y la tierra—, sino como un espacio liminal en el que distintas formas de habitar el mundo entran en contacto sin llegar a resolverse del todo. El paso de la arena al mar no es únicamente un desplazamiento físico, sino también simbólico: implica transitar entre órdenes distintos de experiencia, percepción y valor.
En tierra, la práctica queda rápidamente reabsorbida por estructuras reconocibles: horarios, contratos corporativos, marcas, narrativas de rendimiento y progreso. Es ahí donde el surf se organiza, se regula y se convierte en mercancía. Sin embargo, al adentrarse en el agua, estas lógicas no desaparecen por completo, pero sí parecen perder parte de su eficacia. En el interior del mar, el dinero no garantiza acceso a la ola, ni sustituye la necesidad de saber situarse, esperar o interpretar el entorno. La relación con la ola no puede comprarse directamente: debe ser aprendida, encarnada y, en cierta medida, aceptada.
Esta diferencia introduce una tensión significativa. Por un lado, el surf participa de lleno en las dinámicas del capitalismo contemporáneo: industrias, patrocinios, turismo y consumo configuran buena parte de su expansión global. Por otro, la experiencia inmediata de surfear remite a una forma de relación con el entorno que no se deja reducir completamente a esas lógicas. En ese sentido, el agua puede entenderse como un espacio donde la racionalidad instrumental se ve parcialmente suspendida, no porque desaparezca, sino porque encuentra límites prácticos y corporales.
La liminalidad del surf se manifiesta así en múltiples niveles: entre tierra y agua, entre control y adaptación, entre apropiación y relación. En esa oscilación, el surfista no se sitúa plenamente en uno u otro polo, sino que habita una posición intermedia, inestable, en la que debe negociar constantemente su lugar. Cada ola, en este sentido, no es solo un desafío técnico, sino una actualización de esa tensión.
Lejos de resolverse, esta ambivalencia constituye precisamente la riqueza antropológica del surf. En un contexto donde las formas de relación con la naturaleza tienden a estar mediadas por la explotación o la abstracción, prácticas como esta permiten observar —aunque sea de manera parcial y situada— otras formas de vinculación, donde el cuerpo, el tiempo y el entorno se articulan de manera distinta. No como una alternativa pura o exterior al sistema, sino como un espacio donde sus lógicas se reconfiguran, se tensan y, en ocasiones, se ven momentáneamente desplazadas.
Bibliografía
Esparza, Daniel Un hombre llamado pez: la historia de Duke Kahanamoku, el nadador más rápido del mundo y el padre del surf moderno RICYDE. Revista Internacional de Ciencias del Deporte, vol. X, núm. 38, octubre-diciembre, 2014, pp. 383-386 Editorial: Ramón Cantó Alcaraz Madrid, España.
Evers, C. (2009). Men who surf. Routledge.
Ford, N., & Brown, D. (2006). Surfing and social theory: Experience, embodiment and narrative of the dream glide. Routledge.
Laderman, S. (2014). Empire in Waves: A Political History of Surfing. University of California Press.
Turner, V. (1969). The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Aldine Publishing.
